Ana Oñate
- Jhoselin Peña

- 21 dic 2025
- 2 Min. de lectura
La memoria viva de los helados de bote
En el centro de San José de Chimbo, entre el paso cotidiano de vecinos y visitantes, hay oficios que se sostienen más por constancia que por ruido. Uno de ellos es el de Ana Oñate, una mujer conocida por generaciones gracias a un carrito sencillo y a los tradicionales helados de bote que ha vendido desde su adolescencia.
Oriunda de este cantón, doña Ana creció en una familia donde el trabajo nunca fue opción, sino camino. El comercio llegó temprano a su vida. A los 14 años empezó a vender helados de bote, aprendiendo el oficio de su hermano mayor, quien a su vez lo enseñó a Ángel Oñate, el menor de la familia. Ángel fue durante años una figura inseparable del parque central, hasta que la diabetes afectó gravemente su salud y le quitó la vista.

Desde entonces, Ana asumió también ese espacio. Junto a su esposo cuidó de su hermano y tomó su lugar en el parque, continuando una labor que no solo era sustento, sino identidad. Hace pocos días, Ángel falleció, dejando un vacío profundo, pero también una historia que sigue caminando cada día en manos de su hermana.
Hoy, a sus 74 años, doña Ana sigue llegando puntualmente con su pequeño carrito. Desde allí ofrece helados elaborados de manera tradicional, con base de leche, canela, endulzante y esencia de vainilla. Son sabores simples, conocidos, de esos que remiten a la infancia. Los precios se mantienen accesibles: 25 centavos para los más pequeños y 50 centavos como valor regular, porque su intención siempre ha sido que nadie se quede sin probar.

Ella misma reconoce que las ventas ya no son las de antes. La presencia de heladerías modernas ha reducido la demanda, pero también sabe que aún hay quienes buscan lo natural, lo hecho en casa y lo local. Ese respaldo, aunque menor en cantidad, tiene para ella un valor especial.
Los helados de bote forman parte del paisaje humano de esta zona de la provincia. Y doña Ana Oñate es parte de esa memoria colectiva que resiste, paso a paso, demostrando que el trabajo honesto no necesita vitrinas, solo constancia y respeto por lo que se hace.





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